Rusia tras las elecciones parlamentarias: protesta sin revolución

Javier Morales

12 diciembre 2011

Las imágenes que nos han llegado de Rusia tras las elecciones parlamentarias del 4 de diciembre —manifestaciones duramente reprimidas por la policía— han sido comparadas por algunos con las revueltas populares de Egipto o Túnez: por ejemplo, el senador estadounidense John McCain al advertir a Putin de que una “primavera árabe” se le viene encima. Podría recordarse también la “revolución naranja” ucraniana de 2004, con rasgos similares como el descontento en las calles ante claros indicios de fraude electoral, y un régimen que se defiende acusando a Occidente de financiar a la oposición para sus propios fines.

Sin embargo, el esfuerzo por aplicar experiencias ajenas a este caso puede hacernos olvidar las numerosas diferencias existentes, minusvalorando los cambios que representan en realidad estos comicios. Tres son las tendencias que debemos tener en cuenta a corto y medio plazo:

1. Declive del “partido del poder”, pero conserva la mayoría absoluta de escaños. Rusia Unida ha perdido quince puntos desde 2007, del 64% al 49%; aunque teniendo en cuenta las irregularidades detectadas —como el improbable 99,5% obtenido en Chechenia—, su caída real puede haber sido incluso mayor. Pese a ello, únicamente necesitarán apoyos parlamentarios en el caso de que traten de reformar la Constitución; lo cual ya hicieron en la legislatura pasada aprovechando su posición dominante, ampliando por ejemplo el mandato presidencial a seis años. Las consecuencias en términos legislativos son, por tanto, muy limitadas.

2. El fraude y la reacción posterior revelan el nerviosismo de las autoridades. Si bien se trata de irregularidades ya detectadas en otras ocasiones, el hecho de producirse incluso bajo la mirada de observadores internacionales —la OSCE no estuvo presente en las elecciones de 2007— indica que el tándem Putin-Medvedev ha recurrido a cualquier medio para hacer frente a su pérdida de apoyo social. Esto explica también el masivo despliegue de la policía y las tropas del Ministerio del Interior, acompañados por grupos juveniles progubernamentales, para tratar de disuadir a los ciudadanos de manifestarse.

Todo ello está deteriorando aún más, sin duda, la confianza de los rusos en sus líderes; aunque tampoco debemos exagerar su impacto de cara a las presidenciales de marzo, en las que no existe de momento un candidato que pueda rivalizar con Putin.

3. Aumentan los movimientos de protesta, pero siguen siendo minoritarios. La desunión de la oposición democrática y la desmovilización de la población hasta ahora han reforzado la imagen de los actuales dirigentes como única alternativa viable. Las manifestaciones tras las elecciones, en especial las del sábado 10 de diciembre, representan un hito en este sentido al tratarse de las más numerosas desde el fin de la URSS —50.000 personas en Moscú según la BBC—, y haberse extendido por todo el territorio desde San Petersburgo a Vladivostok.

Sin embargo, el posible alcance de esta reacción popular está limitado por tres factores: (a) son todavía cifras moderadas en relación a la población total: por ejemplo, los más de diez millones residentes en la capital rusa; (b) se trata de grandes ciudades con una clase media urbana más sensible a las reivindicaciones democráticas, pero que no refleja la complejidad social y étnica del país más extenso del mundo; (c) la capacidad de convocatoria de las redes sociales, decisivas en las revueltas árabes, es menor ya que la mayoría de rusos aún carece de acceso a Internet y obtiene su información de la televisión controlada por el Estado.

Ante este escenario, la Unión Europea debe adoptar una posición más decidida que la mostrada por la Alta Representante Ashton, y reclamar con firmeza al presidente Medvedev que cumpla su promesa de investigar las acusaciones de fraude. No obstante, declaraciones tan categóricas como las de la secretaria de Estado de EEUU Clinton, afirmando que las elecciones no han sido “ni libres ni justas” sin esperar al informe definitivo de la OSCE, son efectivas en el plano de la retórica pero proporcionan argumentos a Moscú para acusar a Occidente de interferir en sus asuntos internos.

En conclusión, las similitudes de la plaza Bolotnaya de Moscú —donde tuvo lugar la gran manifestación del día 10— con la plaza Tahrir de El Cairo o la plaza de la Independencia de Kiev son más aparentes que reales, pese a marcar un punto de inflexión en el descontento social que se venía fraguando en los últimos meses. Europa debe reclamar al Kremlin que escuche la voz de sus ciudadanos y haga frente a los problemas reales del país, como la corrupción; pero asumiendo que los cambios deben ser graduales y partir de la propia sociedad rusa, cada vez más crítica con la incapacidad del sistema para reformarse.

 

Javier Morales es Miembro Asociado Senior de St. Antony’s College, Universidad de Oxford, y miembro del Panel de Expertos Opex en Seguridad y Defensa.