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La ortodoxia fiscal se impone a toda costa en Europa; Bruselas no ofrece nada más

Manuel de la Rocha Vázquez

26 marzo 2012

El lunes 12 conocimos la reacción oficial del Eurogrupo y de la Comisión al desafío del gobierno español de saltarse los objetivos de déficit previamente acordados. Bruselas acepta cierta flexibilidad por encima del 4,4% incialmente previsto, pero obliga a bajar el déficit al 5,3%, o sea medio punto más de los presentado por Madrid.

La decisión por parte de Bruselas no deja contento a nadie. Era difícil pensar que tras haber adoptado una línea dura con varios países pequeños, en especial con Bélgica, a los que se abrió un procedimiento por déficit excesivo este pasado otoño, la Comisión podía aceptar tal cual las cifras de España. Eso habría alimentado las sospechas de que los estados pequeños son tratados con más dureza que los grandes.

Por otro lado, aú que se permite algo de flexibilidad, el ajuste adicional coloca a España en una situación crítica, obligada a dar otra vuelta de tuerca de 5 mil millones adicionales, que con toda seguridad ahondarán más la recesión, aumentando el desempleo y alejando aún más a nuestro país de la senda de consolidación fiscal acordada. En una comparecencia en el Congreso Rajoy no ha desvelado cómo piensa reducir esos 5 mil millones adicionales, aunque ha apuntado que la carga caerá en el Estado y no en las CC.AA.. Pero sin tocar sueldos de funcionarios, ni las transferencias a las CC.AA. es difícil ver de dónde saldrá el dinero. Mi predicción es que habrá una subida de impuestos indirectos, IVA y especiales. En estas circunstancias si el ajuste de este año parece enorme, no quiero imaginar el del 2013, con un nivel de paro cercano que podría estar en los 6 millones.

De cara al futuro parece claro que el Pacto Fiscal que se firmó hace sólo unos días, labrado a la medida de Alemania ha nacido cojo. El Pacto estaba destinado a generar confianza entre los miembros para ir avanzando hacia una unión económica, pero en la práctica se ha quedado en una chaqueta de fuerza para imponer disciplina fiscal. Forzar a los países miembros a realizar ajustes fiscales titánicos en medio de una recesión profunda, no sólo plantea serias cuestiones éticas, sino que no es realista sin ayuda externa. En EE.UU, por ejemplo, los Estados están también obligados a presentar presupuestos equilibrados, pero la viabilidad de esta norma depende en gran medida en el hecho de que existen estabilizadores automáticos, como los gastos por desempleo u otros estímulos fiscales que se realizan a nivel federal. Sin ellos, los Estados no podrían salir adelante. En Europa lamentablemente no tenemos casi nada de eso. El presupuesto comunitario no llega al 1% del PIB de la Unión, por lo que la capacidad de proporcionar estímulos desde Bruselas para contrarrestar la ortodoxia fiscal impuesta a nivel nacional es pequeña.

Aún así, Europa no puede limitarse a decir que está preocupada por el nivel de desempleo y el aumento de la pobreza en España (Junker). Como mínimo debería poder adelantar y acelerar fondos del presupuesto comunitario, por ejemplo a través de una asignación especial de los fondos estructurales, o un préstamo sin intereses para recapitalizar el sistema bancario . Pero a estas alturas, no soy muy optimista.

Además, la creación de Eurobonos como forma de financiación de los Estados sigue sin avanzar . Berlín sigue negándose y, nos guste o no, las tensiones recientes entre Madrid y Bruselas en torno al déficit en España alimentarán las suspicacias de Merkel; los alemanes siempre han visto los Eurobonos como la última estación de un viaje que pasa irremediablemente por la austeridad fiscal rigurosa, cierta y predecible. El incumplimiento de Rajoy dará alas a los que en Alemania se oponen frontalmente a los Eurobonos, bajo el argumento de que los países del sur no son de fiar. Es lo que ocurre cuando domina el ordoliberalismo germano más radical. Por fortuna, parece que Alemania ha aceptado el aumento del fondo de rescate hasta los 750 mil millones de Euros. Se trata sin duda de una buena noticia para nuestro país que, junto a Italia, confía en la potencia de fuego del Fondo para disuadir los mercados de especular contra la deuda pública.



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