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La desigualdad y la socialdemocracia

Ignacio Urquizu

12 marzo 2012

Hace unos días, Andrés Ortega reflexionaba en un provocativo artículo sobre la vuelta de la lucha de clases: " La última fase de la globalización, la creciente desigualdad, la crisis y el final de un modelo de crecimiento económico " son factores que habrían provocado un creciente pesimismo en la opinión pública y entre los expertos. Tanto ciudadanos como académicos coincidirían en que no sólo la desigualdad ha aumentado, sino que además, las crecientes diferencias sociales se han traducido en mayor conflictividad social.

Sería razonable pensar que, dado este escenario, la izquierda tendría que estar más fuerte que nunca. Pero lo cierto es que los gobiernos progresistas son una excepción. ¿Qué está pasando?

Un factor coyuntural que puede explicar la ausencia de los socialistas en los gobiernos europeos es que, en muchos casos, han sido ellos los que han gestionado el inicio de la crisis. Tanto los laboristas en Reino Unido, como el PASOK en Grecia o el PSOE en España han pasado a la oposición, pagando la factura política de la crisis.

Pero, junto a este factor coyuntural, hay otro más de largo plazo: la ausencia de un proyecto claro y definido. Lo que se ha denominado en los últimos años: la carencia de un relato .

Esta ausencia de proyecto se ha materializado claramente en dos elementos. En primer lugar, el programa económico de la izquierda no ha diferido en exceso del conservador. De hecho, cuando la socialdemocracia ha estado en el poder, se ha visto arrastrada a tomar decisiones difíciles de explicar y que se han percibido por parte de la opinión pública como incoherentes ideológicamente.

No significa que muchas de estas decisiones fueran desacertadas. En ocasiones, ha faltado un debate profundo. Por ejemplo, si reflexionamos sobre las consecuencias del déficit para las políticas de izquierdas, es difícil pensar que es más progresista pagar intereses a un banco que gastar ese dinero en becas o pensiones. Pero, además, los ciudadanos echaron de menos que muchas de estas decisiones se acompañaran de otras con mayor contenido progresista como, por ejemplo, un aumento de la presión fiscal sobre las clases más acomodadas.

El segundo elemento que define la ausencia de un proyecto socialdemócrata es la desaparición de los objetivos igualitarios y redistributivos del lenguaje progresista. Esto ha permitido que se hayan establecido un gran número de privilegios difíciles de entender por parte de los ciudadanos. Pero no es sólo una cuestión de los privilegios de unos pocos. Cuando se analizan las cifras de desigualdad, se observa que éstas vienen aumentando desde antes de la crisis. Las diferencias sociales se han incrementado en el conjunto de la sociedad y la izquierda no tiene propuestas claras para combatirlas.

Enfrentarse al problema de la desigualdad significa replantearse el diseño del Estado de bienestar y caminar hacia nuevos modelos de fiscalidad. Por lo tanto, la tarea no es imposible. Consiste en realizar un buen diagnóstico de la sociedad actual y de las políticas sociales que se vienen desarrollando hasta el momento. Sólo a partir de un análisis certero, la socialdemocracia podrá construir el nuevo relato que le devuelva la credibilidad como proyecto político que combate la injusticia social.



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