CELAC, Una nueva cita para los presidentes latinoamericanos

Érika Rodríguez Pinzón

20 diciembre 2011

Erika

Cada año los mandatarios latinoamericanos asisten en promedio a 7 Cumbres regionales, es decir que se encuentran con sus homólogos cada mes y medio o dos meses. Los pasados 2 y 3 de diciembre 30 mandatarios tuvieron la oportunidad de verse nuevamente.

En esta ocasión les acogía Venezuela en la II Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y el Caribe, un nuevo organismo que se supone heredero del Grupo de Río y de la Cumbre de América Latina y el Caribe sobre Integración y Desarrollo (CALC). Es fácil perderse en la multitud de siglas que designan los numerosos proyectos de integración regional latinoamericana, pero en el caso de la nueva comunidad interesa concederle al menos una breve reflexión. Más que el nuevo intento por congregar a los latinoamericanos, interesan las condiciones en que este encuentro se produce:

La Cumbre se citó en Caracas, es decir con Chávez como anfitrión y antecedida por un discurso del Presidente de la Bolivariana República convocando la creación de un organismo que remplazara a la Organización de Estados Americanos. A pesar de este telón de fondo, o quizás gracias a él, la cita congrego una masiva e interesada asistencia y culminó con la formación de una troika Venezuela-Chile–Cuba, encargada de organizar la próxima Cumbre. Es decir contó con una participación que parece haber superado las divergencias ideológicas entre los países de la región.

Ahora bien, los presidentes asistieron a la Cumbre, firmaron los comunicados de rigor, en contra del bloqueo a Cuba, se hicieron la fotografía, pero la mayoría, marcaron distancia de Chaves en su afán de remplazar la OEA por un organismo que no incluya a los países del norte (Estados Unidos y Canadá).

Es claro que desarrollar un sistema institucional que remplace a la OEA no resulta ni sencillo ni eficaz. En primer lugar porque dicho organismo lleva 50 años en activo, en los cuales, a pesar de sus múltiples defectos, ha desarrollado una institucionalidad y presencia que son difícilmente alcanzables, aunque si mejorables. Crear un organismo nuevo seria un esfuerzo caro, tedioso y a muy largo plazo. En segundo lugar porque la razón esgrimida, de excluir a EEUU del mismo, no implica que un nuevo organismo sea más eficiente o legitimo per se. 

EEUU no ha sido siempre un vecino responsable y solidario, de hecho su relación con ALC es históricamente deficitaria. Pero una América Latina fortalecida económicamente, que ha consolidado la democracia y que tiene la capacidad para concertar el acuerdo de 30 de sus miembros, tiene el poder suficiente, para actuar en una OEA más igualitaria. Es decir no se trata de inventar nuevos proyectos incluyendo y excluyendo jugadores, se trata de usar las fortalezas para redistribuir la representatividad y conseguir legitimidad, para lo que no hacen falta instituciones sino consenso y compromiso, que es precisamente de lo que adolecen casi todos los proyectos regionales.

Por otro lado, si de instancias de decisión se trata, Unasur ha provisto un magnífico ejemplo de cómo un organismo subregional puede, a pesar de su aun débil andamiaje institucional, lidiar crisis de gran envergadura. Los espacios subregionales han mostrado avance y capacidad de liderazgo, además resultan más efectivos convocando solo los más allegados a los problemas a tratar, facilitando el consenso y la rapidez de acción sobre problemáticas puntuales que a pesar de ser ventiladas en cuanta Cumbre se convoca, solo pueden conseguir solución en sus áreas de influencia inmediata.

Más aun, el tema de fondo que más premia a los gobiernos latinoamericanos es el afán por blindarse ante una posible profundización de la crisis económica. Esto solo se logra con mayor integración, bien consensuando posturas, como lo intentaban respecto al G20 un mes atrás en la ALADI. Bien mejorando los mecanismos de integración financiera, y la formación de cadenas de valor regionales y planificando la relación con China. Para avanzar hace falta profundizar las instituciones existentes, superar sus defectos y mejorar la participación y el compromiso con las mismos y es en esa concertación entre los propósitos y los proyectos ya existentes donde hay espacio de acción.

La CELAC, ha triunfado en su capacidad de convocatoria, en su capacidad de superar diferencias ideológicas y como foro de encuentro para una región con mucho en común. Pero falla si reduce los déficits de la región a la influencia norteamericana y en construirse en oposición a la misma. La solidaridad, cooperación, complementariedad y concertación política que proclama en sus fines, requieren compromisos políticos de largo alcance y es lo que debe conseguir. Si la CELAC consigue  aunar voluntades, compromisos e intereses que sirvan de base a los demás espacios de integración entonces tiene sentido que los presidentes se encuentren una vez más. Si no será simplemente otra sigla más en un calendario con demasiadas citas y pocos resultados.



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