Dilma pone rumbo al cielo de Naciones Unidas

Vicente Palacio

2 March 2011

Vicente

La presidenta brasileña Dilma Rousseff parece tener claro que el camino que su país debe recorrer hasta llegar a constituirse en un potencia es largo y se halla minado de dificultades internas. Pocos gobernantes van a experimentar las contradicciones de una potencia "emergente" y simpática, de asombroso crecimiento económico y proyección exterior, como Dilma. Faltan tres años para la celebración de la competición mundial de fútbol de 2014, y muchas cosas van a recordarles a los brasileños que, como los emperadores romanos, no son dioses. Dilma ha empezado de la manera más humilde, prometiendo "acabar con la miseria" en la que malviven casi veinte millones de personas.

Lula, el "pulpo", extendió sus tentáculos por el mundo de los emergentes y de los pobres. Pero se quedó a las puertas del más inaccesible club de los poderosos: el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, donde se sientan los cinco con derecho a veto: EEUU, Francia, Reino Unido, Rusia y China (nadie de Latinoamérica). En el inmenso cielo carioca se abren dos grandes interrogantes. El primero es: ¿realmente está cualificado Brasil para entrar en el club?
Las deficientes infraestructuras y la escasa cobertura en educación y sanidad, son dos aspectos clave a solucionar por el nuevo equipo de gobierno. En el otro lado de la balanza se halla su imparable crecimiento (en 2011 alcanzará el 7’5 %, tres puntos por encima de la media latinoamericana) y su gran atractivo para los inversores, empezando por China. Además, cuenta con su gente: un capital humano en explosión, con un núcleo de creciente comunidad científica y capacidad tecnológica propia.  
La segunda cuestión es: ¿van los demás a dejar a Brasil subir al cielo del Consejo? Ésta será la gran prueba para un país que presume, con razón, de la brillante diplomacia de Itamaraty. La presidenta ha colocado a su frente a Antonio Patriota, un veterano diplomático, antiguo embajador en Washington en los tiempos de Bush Jr., con experiencia en organismos internacionales y que por tanto responde claramente a una ambición globalista. Cabe adivinar un acercamiento a EEUU al tiempo que se ponen distancias con otros, por ejemplo, el díscolo presidente iraní Ahmadinejad. Este repudio de las “amistades peligrosas” impulsadas por el anterior canciller, Celso Amorim, sin duda podría estar anunciando una actitud de mayor responsabilidad en el tratamiento de ciertos asuntos internacionales como es el caso de la proliferación nuclear.  Un asunto muy importante que puede ayudar a la nominación brasileña por parte de las potencias occidentales es la defensa activa de los derechos humanos: Dilma ya había denunciado antes de tomar el cargo las “prácticas medievales”  del régimen iraní, y criticó la posición de su país en Naciones Unidas.  La pena de muerte con lapidación a otra mujer, Sakineh Ashtíani, acusada de adulterio y homicidio, fue suspendida gracias a su mediación. Puede que no sea el único caso donde Dilma va mostrarse activa. Igual que al resto, la oleada democrática árabe le ha abierto los ojos.
Ciertamente, EEUU no parece muy dispuesto a ayudar, si no es a cambio de algo. A pesar de que ambos son grandes democracias, y la sintonía con el presidente Obama, existe una rivalidad inevitable. Aunque Brasil (junto a  India) cuenta con un apoyo retórico de Rusia y China para lograr un “rol mayor” en Naciones Unidas, Obama, que ha declarado su apoyo a Nueva Delhi en esto, mantiene por el momento un significativo silencio respecto a la candidatura brasileña. Los contenciosos bilaterales con la potencia del Norte han existido hasta Lula: respecto el dossier nuclear iraní, las subvenciones al algodón, o los biocombustiles. Pero una gran alianza política EEUU-Brasil impulsaría una agenda favorable hacia los países en desarrollo, en seguridad alimentaria (los dos son los mayores exportadores de alimentos mundiales, por encima de Canadá y Australia), o en los Objetivos del Milenio para la erradicación del hambre. En cuanto a la energía nuclear, habrá de conjugarse un margen propio para programas de enriquecimiento de uranio que no lleve parejo alianzas peligrosas con personajes de tercera fila. Dilma dispone de espacio para llevar todos esos temas a los foros de gobernanza global como el G-20 o Naciones Unidas, como parte de un debate multilateral. 
Así pues, ¿la incorporación de Brasil al  Consejo de Seguridad podría traer más estabilidad y paz al mundo? Sin lugar a dudas, sí. Un obstáculo para ello es que hay muchos otros haciendo cola desde hace tiempo – también alemanes o japoneses. Sus vecinos tampoco parecen entusiasmados de momento: México se opone y otros países latinoamericanos prefieren un asiento rotatorio regional para América Latina, seguramente porque aún no ven caro los beneficios del liderato brasileño. Pero si Dilma acierta, Brasil avanzará rápidamente hacia esa meta.



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